
fui a verle. era un gran poeta. me consedio la entrevista que a nadie, solo con pedirsela por telefono y sin ser periodista, con el unico pretexto de tener curiosidad. talves a nadie se le ocurrio antes. pedi una camara prestada y fui a su apartamento.
..'el mejor poeta narrativo'!! fue mi opinion mientras bebia una noche. aquel aún no había cumplido los setenta y ya era famoso. había enseñado en varias universidades y había ganado algunos premios. hoy su vida era un desastre.
subí las escaleras del edificio. el señor vivía en el numero 8. toqué. ¡pase, hombre, pase!, la puerta esta abierta. gritó alguien desde adentro. abrí la puerta y entré. estaba en una cama en una habitacion. flotaba en el aire un olor a vómito, vino, orines, mierda y alimentos podridos. sentí náuseas. corrí al cuarto de baño, vomité; luego salí.
—que tal señor —dije—. sere indiscreto pero, ¿por qué no abre una ventana?
—buena idea. y nada de 'señor', carajo, me llamo joaquin.
estaba impedido. tras un gran esfuerzo, logró incorporarse en la cama y aposentarse en la silla que había al lado.
—ahora, listo para una buena charla —dijo—. era lo que estaba esperando.
junto a su codo, en la mesa, había una jarra de grande de vino tinto llena de cenizas de cigarrillos y polillas muertas. aparté la vista, luego miré otra vez. tenía la jarra en la boca, pero la mayor parte del vino se le derramaba por la camisa y los pantalones. posó la jarra.
—exactamente lo que necesitaba.
—debía utilizar un vaso —dije—. es más cómodo.
—sí, creo que tiene razón.
miró a su alrededor. había unos cuantos vasos sucios y me pregunté cuál escogería. escogió el que le quedaba más cerca. el fondo del vaso estaba cubierto por una sustancia amarillenta, endurecida. parecían restos de pollo con espaguettis. sirvio el vino. luego, alzó el vaso y bebió.
—sí, esto es mucho mejor. veo que ha traído una cámara. supongo que querrá hacerme fotos.
—sí —dije.
me acerqué a la ventana, la abrí y respiré aire fresco. llevaba días lloviendo y el aire estaba límpido y fresco.
—oiga —dijo—, hace horas que tengo ganas de orinar. tráigame una botella vacía.
había varias botellas vacías. le acerqué una. el pantalón no tenía cierre, sino botones, y sólo tenía abrochado el de más abajo, porque no le cabía en el cuerpo. se buscó en la bragueta, se sacó el pajarito y puso el capullo en la boca de la botella. en cuanto empezó a orinar, el pajarito se tensó y empezó a cabecear, esparciendo la orina por todas partes... por la camisa, los pantalones y la cara; increíblemente, el último chorro fue a darle en la oreja izquierda.
—es una mierda esto de no poder valerse por uno mismo —dijo.
—¿cómo fue? —pregunté.
—¿cómo fue qué?
—el quedarse así, impedido.
—mi mujer. me pasó por encima, con el coche.
—¿cómo? ¿por qué?
—dijo que no podía soportarme más.
no dije nada. tomé un par de fotos.
—tengo fotos de mi mujer. ¿quiere ver fotos de mi mujer?
—sí, claro.
—el álbum de fotos está allá, encima de la nevera.
me acerqué, lo tome, me senté. sólo había fotografías de zapatos de tacón alto y esbeltos tobillos de mujer, piernas cubiertas de medias de nylon, pantimedias y toda clase de piernas. en algunas páginas había pegados anuncios de volantes de supermercados: melon chino, 15 pesos el kilo. cerré el álbum.
—cuando nos divorciamos —dijo—, me los dio.
joaquin buscó bajo la almohada de la cama y sacó un par de zapatos de tacón alto, unos zapatos de largos tacones de aguja. los había hecho cubrir con una tela de plateada. los colocó en la mesita de noche. se sirvió otro trago.
—duermo con esos zapatos —dijo—. hago el amor con ellos y luego los lavo.
tomé algunas fotos más.
—oiga, ¿quiere una foto? esta es una buena foto.
se desabrochó el único botón de la bragueta. no llevaba ropa interior. cogió el tacón del zapato y se lo metió por el trasero.
—así. saque una así.
hice la foto.
le resultaba difícil mantenerse en pie, pero lo logró apoyándose en la mesita.
—¿sigue escribiendo joaquin?
—yo escribo siempre, carajo.
—¿y sus admiradoras no le interrumpen en su trabajo?
—bueno, sí, a veces, las mujeres me encuentran. pero no se quedan mucho.
—¿se venden sus libros?
—hombre, recibo cheques por mis derechos de autor.
—¿qué aconseja usted a los escritores jóvenes?
—que beban mucho, que cojan mucho y que fumen muchos cigarrillos.
su respuesta me sorprendio. me senti mas relajado pues al escucharle comprobe que aun era un ser racional y que era muy bueno en lo que hacia. sin dudarlo un instante, estuve deacuerdo.
—¿y qué aconseja a los escritores de más edad?- segui preguntando.
—si siguen aún con vida, no necesitan consejos.
—¿cuál es el impulso que le mueve a crear un poema?
—¿y usted, por qué caga?
—¿qué piensa usted de luz y fuerza y los despidos?
—no pienso en eso. todo eso me aburre. como los viajes espaciales. y el béisbol.
—¿cuáles son sus preocupaciones, entonces?
—las mujeres modernas.
—¿las mujeres modernas?
—no saben vestir. llevan unos zapatos espantosos.
—¿qué piensa usted del movimiento de liberación de la mujer?
—si ellas están dispuestas a trabajar lavando coches, arando el campo, cazando a dos tipos que acaben de asaltar una licorería, o limpiando alcantarillas, si están dispuestas a dejar que les rebanen las tetas de un tiro en el ejército, yo estoy dispuesto a quedarme en casa fregando los platos y a aburrirme aspirando la alfombra.
—¿pero no cree usted que tienen cierta razón en sus reivindicaciones?
—por supuesto.
se sirvió otro trago. incluso bebiendo del vaso, parte del vino se le derramaba por la barba y le bajaba hasta la camisa. olía como un hombre que llevara meses sin bañarse.
—mi esposa —dijo—, aún estoy enamorado de ella. déme el teléfono, por favor.
le di el teléfono. marcó un número.
—¿clara? ¿oye, clara...? —colgó.
—¿qué pasó? —pregunté.
—lo de siempre. colgó. oiga, vámonos de aquí, vámonos a un bar. llevo demasiado tiempo en esta maldita habitación. necesito salir.
—pero es que está lloviendo. hace una semana que está lloviendo. las calles están inundadas.
—eso a mí no me importa. quiero salir. lo más probable es que en este momento, ella esté jodiendo con un tipo. probablemente tenga puestos los zapatos de tacón. yo no le dejaba nunca quitárselos.
le ayudé a ponerse un viejo abrigo marrón. le faltaban todos los botones. estaba tieso de mugre. no era un abrigo comun. era grueso y pesado y debía datar de los años sesenta.
luego, cogimos las muletas y bajamos dificilmente la escalera. joaquin llevaba una botella de don pedro en un bolsillo. llegamos a la entrada y me aseguró que podía cruzar solo la calle y subir al coche. mi coche estaba aparcado a cierta distancia de la orilla.
cuando corría dando la vuelta al coche para entrar por el otro lado, oí un grito y a continuación un chapoteo. estaba lloviendo, llovía mucho. di otra vez corriendo la vuelta; joaquin se las había arreglado para caerse y quedar encajado en el suelo entre el coche y la orilla de la acera. el agua le corría por encima. estaba sentado y el agua le desbordaba, le cubría los pantalones, le daba en los costados; las muletas flotaban torpemente en su regazo.
—no se preocupe —dijo—. váyase y déjeme.
—pero, por dios.
—en serio. váyase. déjeme. mi mujer no me quiere.
—no es su mujer, están divorciados.
—ah otro perro con ese hueso.
—vamos, le ayudaré a levantarse.
—no, no. no se moleste. se lo digo en serio. usted váyase. emborráchese sin mí.
le levanté, abrí la puerta y le sente en el asiento delantero. estaba empapado. el agua le caía a chorros. luego di la vuelta al coche y me sente al volante, a su lado. joaquin destapó la botella de don pedro, bebió un trago y me la pasó. bebí un trago. luego, encendi el coche y nos fuimos, mirando por el parabrisas, entre la lluvia, buscando un bar en el que pudiéramos entrar y no vomitar en cuanto le echáramos una ojeada al hediondo urinario.
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