
..me fui de casa de mis padres, después de unos meses cuando mi suerte parecia mejorar, mi chica tuvo problemas con su madre, no tenia donde ir. acepte la invitación de irnos a vivir con una pareja de buenos amigos, lo que es una experiencia muy extraña, sobre todo si nunca antes lo hiciste..
la casa tenía dos plantas. eran mayores que yo, rafael vivía con tere en la planta de arriba. yo vivía con irene en la planta de abajo. la casa estaba en un buen sitio, al píe de circuito interior. las dos damas eran ejecutivas, tenían trabajos muy bien pagados. la casa estaba provista siempre de cerveza y varios tipos de alcohol, buenos alimentos y un perro de culo rapado. había también una sirvienta morena, grande, maria, quien se pasaba casi todo el tiempo en la cocina, abriendo y cerrando la puerta de la nevera.
cada mes llegaban las revistas adecuadas en la fecha prevista, pero rafael y yo no las leíamos. lo único que hacíamos era andar afuera durante el dia con otras mujeres mientras las nuestras trabajaban. a veces andábamos por allí tumbados, luchando contra la resaca, esperando que llegara la noche, cuando las damas nos darían bebida y cena, que cargarían a sus respectivas cuentas de gastos.
rafael decía que tere era la importante gerente de una empresa. rafael llevaba boina, pañuelo de seda, un collar de turquesas, barba, y tenía unos andares sedosos. yo era un escritor atascado con la segunda novela. tenía vivienda propia en un edificio de apartamentos destartalado y cochambroso al sur de la ciudad. pero apenas iba por allí.
mi medio de transporte era un shadow del 89. la señorita de la casa de enfrente se ponía furiosa con mi viejo cacharro. tenía que estacionarlo delante de su casa, porque era una de las pocas zonas llanas de los alrededores y mi coche no podía arrancar cuesta arriba. a duras penas arrancaba en llano; y yo tenía que darle al pedal y a la marcha una y otra vez y el humo salía en nubarrones por debajo del coche y el estruendo era incesante y horroroso. la dama empezaba a gritar como si hubiera enloquecido. era una de las pocas ocasiones en que me avergonzaba de ser pobre. allí sentado, dándole al pedal y rezando para que el shadow del 89 arrancara, e intentando ignorar los gritos furiosos que daba la mujer desde su casa de puta madre. yo le daba y le daba al pedal. el coche arrancaba, andaba unos metros y se paraba.
—¡quite ese cacharro asqueroso de delante de mi casa o llamo a la policia!
luego, empezaba con largos y enloquecidos alaridos. por último, salía en bata; era una jovencita rubia, guapa, pero al parecer estaba completamente loca. se acercaba corriendo a la puerta del coche dando gritos y se le salía un pecho. se lo metía y se le salía el otro. luego, asomaba una pierna por la bata.
—por favor, señora —le decía yo—, estoy intentándolo.
por fin, conseguía que el coche se pusiera en marcha y ella se quedaba allí plantada en el centro de la calle con los pechos al aire, gritando:
—¡no vuelva a estacionar aquí su coche jamás, jamás, jamás!
en ocasiones como ésta era cuando yo consideraba la posibilidad de buscar trabajo. sin embargo, irene, mi dama, me necesitaba. tenía problemas con el empacador en el supermercado. yo la acompañaba, me plantaba a su lado y le daba sensación de seguridad. ella era incapaz de hacerle frente sola y siempre acababa tirándole una fruta en la cara o quejándose de él al encargado o escribiendo una carta de seis folios al propietario del super. yo podía manejar perfectamente al chico. hasta me resultaba agradable, sobre todo por aquella habilidad suya de abrir una gran bolsa de papel, con un simple y gracioso giro de muñeca.
mi primera reunión informal con rafael fue más que interesante. hasta entonces, sólo habíamos charlado con la copa en la mano, con nuestras damas, por la noche.
una mañana, estaba yo en la primera planta, en calzoncillos, haraganeando. irene se había ido a trabajar. yo estaba planteándome la posibilidad de vestirme y acercarme a mi casa a recoger la correspondencia. maria, la sirvienta, estaba acostumbrada a verme en calzoncillos.
—amigo —decía—, qué piernas tan blancas tienes. parecen patas de pollo. ¿es que nunca tomas el sol?
la cocina estaba en la planta de abajo. supongo que rafael tenía hambre. entramos al mismo tiempo. el llevaba una camiseta blanca de manga corta, vieja, con una mancha de cerveza en el pecho. serví café y maria se ofreció a freímos huevos con tocino. rafael se sentó.
—y bien —le dije—, ¿hasta cuándo crees tú que podremos seguir engañándolas?
—por mucho tiempo. necesito un descanso.
—creo que yo también aguantaré.
—vaya par de cabrones que son —dijo maria.
—que no se vayan a quemar esos huevos —dijo rafael.
maria nos sirvió jugo de naranja, tostadas y huevos con tocino. se sentó y comió con nosotros, leyendo tvnovelas.
—es que acabo de salir de un matrimonio fatal, algo horroroso —dijo rafael—. necesito un descanso largo, muy largo.
—hay mermelada de fresa para las tostadas —dijo maria—. prueben un poco de mermelada de fresa.
—háblame de tu matrimonio —le dije a maria.
—bueno. yo me consegui un haragan, un inútil jugador de billar que no sabe hacer nada...
maria nos explicó todo el asunto, terminó el desayuno, se fue al piso de arriba y empezó a pasar la aspiradora. entonces, rafael me contó lo de su matrimonio.
—antes de casarnos, todo iba bien. ella me exhibía todos sus triunfos; pero siempre en la manga escondía una carta que no me dejaba ver. yo diría que era algo más que una carta.
rafael tomó un sorbo de café.
—tres días después de la ceremonia, llegué a casa y ella se había comprado unas minifaldas. nunca había visto yo minifaldas tan cortas. en mi vida. y entré en casa, y allí estaba ella sentada, acortándolas. «¿qué estás haciendo?», le pregunté. y ella dijo: «estas malditas orillas, son demasiado largas. me gusta llevarlas sin ropa interior. me gusta ver que los hombres me miran el trasero cuando me bajo de las escaleras de los bares y cosas así.»
—¿te salió con una carta así, de pronto?
—bueno, la verdad es que podría haberlo imaginado. un par de días antes de la boda la llevé a conocer a mis padres. llevaba un severo vestido, y mis padres le dijeron que les encantaba. ella dijo: «les gusta el vestido, ¿eh?», y se levantó el vestido y les enseñó la ropa interior.
—supongo que te parecería encantador.
—en cierto modo sí. en fin, el hecho es que empezó a andar por ahí con minifalda y sin ropa interior. las minifaldas eran tan cortas que si se agachaba un poco podías verle el ojo del culo.
—¿y a los hombres les gustaba?
—supongo. cuando entrábamos en algún sitio, la miraban; y luego me miraban a mí. se quedaban pensando cómo podría ir alguien como ella con ese.
—bueno, cada quien hace lo que le parece. qué demonios. un coño y un ojo de culo no son más que eso, lo que son. tampoco hay que exagerar.
—sí, se puede pensar así, hasta que le toca la china a uno. salíamos de un bar, y nada más salir, ella decía: «oye, ¿viste aquel calvo del rincón? ¡cómo me miraba el culo cuando me levanté! apuesto a que se va a casa y se la menea.»
—¿quieres que te sirva otro café?
—sí, bueno, y ponle un poco de whisky. puedes llamarme rafa.
—de acuerdo, rafa.
—una noche, volví a casa del trabajo y ella se había ido. había roto todos los cristales de las ventanas y todos los espejos. había escrito cosas como «¡rafa es una mierda!», «¡rafa es un maricon!», todo escrito por las paredes. y se había ido. me dejó una nota. iba a dejar el coche a la pension para largarse a casa de su madre, al df. estaba preocupada. su madre había estado diez veces en el manicomio. su madre la necesitaba. eso decía la nota.
—¿otro café, rafa?
—sólo whisky. bajé a la estación de autobuses y allí estaba ella con la minifalda, enseñando el culo, y dieciocho tipos dando vueltas a su alrededor, todos como perros. me senté a su lado y se echó a llorar y dijo: «¡un pendejo de mierda —me dice— que puedo ganar diez mil a la semana si hago lo que me diga! ¡yo no soy una puta, rafa!»
maria bajó las escaleras, abrió la nevera para buscar pastel de chocolate y helado, entró en el dormitorio, encendió la tele, se tumbó en la cama y se puso a comer. era una mujer muy corpulenta, pero agradable.
—en fin —dijo rafa—, le dije que la quería y conseguimos que nos devolvieran el dinero del boleto del autobus. la llevé a casa. a la noche siguiente, viene un amigo mío y va ella y se le acerca por detrás y le sapea en la cabeza con un cucharón de madera. así, sin avisar ni nada, de repente. se le acerca por detrás y le sapea. cuando mi amigo se marchó, me explicó que todo se le pasaría si la dejaba salir a distraerse en pasatiempos. Me hizo pensar. está bien, le dije. pero nada. empezó a atacarme a cuchillazos. sangre por todas partes. mi sangre. en las paredes, en las alfombras. era muy rápida, muy ágil. le interesa el ballet, yoga, hierbas, vitaminas, semillas, frutos secos y toda esa mierda; lleva una biblia en el bolso, la mitad de las páginas subrayadas en tinta roja. se acorta un par de centímetros todas las faldas. y de repente, una noche, estoy dormido y me despierto justo a tiempo. me despierto y la veo saltar a los pies de la cama, gritando, con un cuchillo en la mano. me giro y el cuchillo se clava quince centímetros en el colchón. me levanto, le meto una patada y la tiro contra la pared. cae y dice: «¡cobarde! ¡asqueroso cobarde, pegarle a una mujer! ¡eres un cobarde, cobarde!»
—ummm, quizá no debiste pegarle —dije.
—sí, claro. el caso es que me fui de casa e inicié los trámites del divorcio. pero no me libré de ella por eso. se dedicaba a seguirme. una vez, estaba yo en la cola en un supermercado y apareció ella y se puso a gritar: «¡chupapenes asqueroso! ¡marica!» otro día, me arrinconó en una lavandería. yo estaba sacando la ropa de la lavadora y metiéndola en la secadora. y ella se plantó allí y se puso a mirarme sin decir nada. dejé la ropa, subi al coche y me largué. cuando volví, ella ya no estaba. miré en la secadora y estaba vacía. se había llevado mis camisas, mi ropa interior, pantalones, toallas, sábanas, todo. empecé a recibir debajo de mi puerta en las madrugadas, cartas escritas con tinta roja, en las que me contaba sus sueños. siempre soñaba. no paraba de soñar. y recortaba fotos de revistas y escribía en ellas. yo no lograba descifrar lo que escribía. una noche, estaba en casa sentado y apareció ella en la calle y empezó a tirar piedras a la ventana y a gritar: «¡rafa rafael es un marica!» debieron de oírla en tres cuadras a la redonda, por lo menos.
—un desmadre de situacion.
—luego, conocí a tere, y me vine a vivir aquí. me trasladé a primera hora de la mañana. ella no sabe que estoy aquí. dejé el trabajo. y aquí estoy. creo que sacaré al perro de tere a dar una vuelta. a ella le gusta que lo haga. cuando vuelve del trabajo, le digo: «oye, tere, saqué al perro a dar una vuelta.» entonces ella sonríe. le gusta.
—bien —dije,
—¡eh, boner! —gritó rafa—. ¡ven acá, boner!
aquella estúpida criatura de barriga hueca entró con la baba colgando. salieron los dos juntos.aguanté sólo otros tres meses. irene conoció a un tipo que sabía tres idiomas y era empresario. yo volví a mi piso cochambroso del sur de la ciudad.
un día, iba camino al dentista, casi un año después, y una cuadra antes, ahi estaba irene, estacione el coche. me acerqué y fuimos a un bar a la vuelta a tomar un café.
—¿qué tal la novela? —me preguntó.
—sigue atascada —dije—. creo que no conseguiré nunca acabar esa madre.
—¿estás soltero? —me preguntó.
—no.
—yo tampoco.
—mejor.
—no es ninguna maravilla, pero puedo aguantarlo.
—¿rafa sigue con tere? ella iba a correrlo —me explicó irene—. entonces él se emborrachó y se cayó por el balcón. se quedó paralítico de cintura para abajo. el seguro le pagó doscientosmil pesos. entonces mejoró. pasó de las muletas al bastón. ya puede salir a dar un paseo con boner otra vez. hace poco, hizo unas fotos maravillosas de la catedral. oye, tengo que irme. la semana que viene me voy a europa. vacaciones de trabajo. ¡todos los gastos pagados! adiós.
—adiós.
irene se levantó, sonrió, salió, giró, caminó y desapareció. levante mi taza de café, tomé un trago, la baje. sobre la mesa estaba la cuenta. treinta pesos. tenía cien, page la cuenta y un cinco de propina. cómo demonios iba a completar para pagar al dentista era ya otro asunto.
la casa tenía dos plantas. eran mayores que yo, rafael vivía con tere en la planta de arriba. yo vivía con irene en la planta de abajo. la casa estaba en un buen sitio, al píe de circuito interior. las dos damas eran ejecutivas, tenían trabajos muy bien pagados. la casa estaba provista siempre de cerveza y varios tipos de alcohol, buenos alimentos y un perro de culo rapado. había también una sirvienta morena, grande, maria, quien se pasaba casi todo el tiempo en la cocina, abriendo y cerrando la puerta de la nevera.
cada mes llegaban las revistas adecuadas en la fecha prevista, pero rafael y yo no las leíamos. lo único que hacíamos era andar afuera durante el dia con otras mujeres mientras las nuestras trabajaban. a veces andábamos por allí tumbados, luchando contra la resaca, esperando que llegara la noche, cuando las damas nos darían bebida y cena, que cargarían a sus respectivas cuentas de gastos.
rafael decía que tere era la importante gerente de una empresa. rafael llevaba boina, pañuelo de seda, un collar de turquesas, barba, y tenía unos andares sedosos. yo era un escritor atascado con la segunda novela. tenía vivienda propia en un edificio de apartamentos destartalado y cochambroso al sur de la ciudad. pero apenas iba por allí.
mi medio de transporte era un shadow del 89. la señorita de la casa de enfrente se ponía furiosa con mi viejo cacharro. tenía que estacionarlo delante de su casa, porque era una de las pocas zonas llanas de los alrededores y mi coche no podía arrancar cuesta arriba. a duras penas arrancaba en llano; y yo tenía que darle al pedal y a la marcha una y otra vez y el humo salía en nubarrones por debajo del coche y el estruendo era incesante y horroroso. la dama empezaba a gritar como si hubiera enloquecido. era una de las pocas ocasiones en que me avergonzaba de ser pobre. allí sentado, dándole al pedal y rezando para que el shadow del 89 arrancara, e intentando ignorar los gritos furiosos que daba la mujer desde su casa de puta madre. yo le daba y le daba al pedal. el coche arrancaba, andaba unos metros y se paraba.
—¡quite ese cacharro asqueroso de delante de mi casa o llamo a la policia!
luego, empezaba con largos y enloquecidos alaridos. por último, salía en bata; era una jovencita rubia, guapa, pero al parecer estaba completamente loca. se acercaba corriendo a la puerta del coche dando gritos y se le salía un pecho. se lo metía y se le salía el otro. luego, asomaba una pierna por la bata.
—por favor, señora —le decía yo—, estoy intentándolo.
por fin, conseguía que el coche se pusiera en marcha y ella se quedaba allí plantada en el centro de la calle con los pechos al aire, gritando:
—¡no vuelva a estacionar aquí su coche jamás, jamás, jamás!
en ocasiones como ésta era cuando yo consideraba la posibilidad de buscar trabajo. sin embargo, irene, mi dama, me necesitaba. tenía problemas con el empacador en el supermercado. yo la acompañaba, me plantaba a su lado y le daba sensación de seguridad. ella era incapaz de hacerle frente sola y siempre acababa tirándole una fruta en la cara o quejándose de él al encargado o escribiendo una carta de seis folios al propietario del super. yo podía manejar perfectamente al chico. hasta me resultaba agradable, sobre todo por aquella habilidad suya de abrir una gran bolsa de papel, con un simple y gracioso giro de muñeca.
mi primera reunión informal con rafael fue más que interesante. hasta entonces, sólo habíamos charlado con la copa en la mano, con nuestras damas, por la noche.
una mañana, estaba yo en la primera planta, en calzoncillos, haraganeando. irene se había ido a trabajar. yo estaba planteándome la posibilidad de vestirme y acercarme a mi casa a recoger la correspondencia. maria, la sirvienta, estaba acostumbrada a verme en calzoncillos.
—amigo —decía—, qué piernas tan blancas tienes. parecen patas de pollo. ¿es que nunca tomas el sol?
la cocina estaba en la planta de abajo. supongo que rafael tenía hambre. entramos al mismo tiempo. el llevaba una camiseta blanca de manga corta, vieja, con una mancha de cerveza en el pecho. serví café y maria se ofreció a freímos huevos con tocino. rafael se sentó.
—y bien —le dije—, ¿hasta cuándo crees tú que podremos seguir engañándolas?
—por mucho tiempo. necesito un descanso.
—creo que yo también aguantaré.
—vaya par de cabrones que son —dijo maria.
—que no se vayan a quemar esos huevos —dijo rafael.
maria nos sirvió jugo de naranja, tostadas y huevos con tocino. se sentó y comió con nosotros, leyendo tvnovelas.
—es que acabo de salir de un matrimonio fatal, algo horroroso —dijo rafael—. necesito un descanso largo, muy largo.
—hay mermelada de fresa para las tostadas —dijo maria—. prueben un poco de mermelada de fresa.
—háblame de tu matrimonio —le dije a maria.
—bueno. yo me consegui un haragan, un inútil jugador de billar que no sabe hacer nada...
maria nos explicó todo el asunto, terminó el desayuno, se fue al piso de arriba y empezó a pasar la aspiradora. entonces, rafael me contó lo de su matrimonio.
—antes de casarnos, todo iba bien. ella me exhibía todos sus triunfos; pero siempre en la manga escondía una carta que no me dejaba ver. yo diría que era algo más que una carta.
rafael tomó un sorbo de café.
—tres días después de la ceremonia, llegué a casa y ella se había comprado unas minifaldas. nunca había visto yo minifaldas tan cortas. en mi vida. y entré en casa, y allí estaba ella sentada, acortándolas. «¿qué estás haciendo?», le pregunté. y ella dijo: «estas malditas orillas, son demasiado largas. me gusta llevarlas sin ropa interior. me gusta ver que los hombres me miran el trasero cuando me bajo de las escaleras de los bares y cosas así.»
—¿te salió con una carta así, de pronto?
—bueno, la verdad es que podría haberlo imaginado. un par de días antes de la boda la llevé a conocer a mis padres. llevaba un severo vestido, y mis padres le dijeron que les encantaba. ella dijo: «les gusta el vestido, ¿eh?», y se levantó el vestido y les enseñó la ropa interior.
—supongo que te parecería encantador.
—en cierto modo sí. en fin, el hecho es que empezó a andar por ahí con minifalda y sin ropa interior. las minifaldas eran tan cortas que si se agachaba un poco podías verle el ojo del culo.
—¿y a los hombres les gustaba?
—supongo. cuando entrábamos en algún sitio, la miraban; y luego me miraban a mí. se quedaban pensando cómo podría ir alguien como ella con ese.
—bueno, cada quien hace lo que le parece. qué demonios. un coño y un ojo de culo no son más que eso, lo que son. tampoco hay que exagerar.
—sí, se puede pensar así, hasta que le toca la china a uno. salíamos de un bar, y nada más salir, ella decía: «oye, ¿viste aquel calvo del rincón? ¡cómo me miraba el culo cuando me levanté! apuesto a que se va a casa y se la menea.»
—¿quieres que te sirva otro café?
—sí, bueno, y ponle un poco de whisky. puedes llamarme rafa.
—de acuerdo, rafa.
—una noche, volví a casa del trabajo y ella se había ido. había roto todos los cristales de las ventanas y todos los espejos. había escrito cosas como «¡rafa es una mierda!», «¡rafa es un maricon!», todo escrito por las paredes. y se había ido. me dejó una nota. iba a dejar el coche a la pension para largarse a casa de su madre, al df. estaba preocupada. su madre había estado diez veces en el manicomio. su madre la necesitaba. eso decía la nota.
—¿otro café, rafa?
—sólo whisky. bajé a la estación de autobuses y allí estaba ella con la minifalda, enseñando el culo, y dieciocho tipos dando vueltas a su alrededor, todos como perros. me senté a su lado y se echó a llorar y dijo: «¡un pendejo de mierda —me dice— que puedo ganar diez mil a la semana si hago lo que me diga! ¡yo no soy una puta, rafa!»
maria bajó las escaleras, abrió la nevera para buscar pastel de chocolate y helado, entró en el dormitorio, encendió la tele, se tumbó en la cama y se puso a comer. era una mujer muy corpulenta, pero agradable.
—en fin —dijo rafa—, le dije que la quería y conseguimos que nos devolvieran el dinero del boleto del autobus. la llevé a casa. a la noche siguiente, viene un amigo mío y va ella y se le acerca por detrás y le sapea en la cabeza con un cucharón de madera. así, sin avisar ni nada, de repente. se le acerca por detrás y le sapea. cuando mi amigo se marchó, me explicó que todo se le pasaría si la dejaba salir a distraerse en pasatiempos. Me hizo pensar. está bien, le dije. pero nada. empezó a atacarme a cuchillazos. sangre por todas partes. mi sangre. en las paredes, en las alfombras. era muy rápida, muy ágil. le interesa el ballet, yoga, hierbas, vitaminas, semillas, frutos secos y toda esa mierda; lleva una biblia en el bolso, la mitad de las páginas subrayadas en tinta roja. se acorta un par de centímetros todas las faldas. y de repente, una noche, estoy dormido y me despierto justo a tiempo. me despierto y la veo saltar a los pies de la cama, gritando, con un cuchillo en la mano. me giro y el cuchillo se clava quince centímetros en el colchón. me levanto, le meto una patada y la tiro contra la pared. cae y dice: «¡cobarde! ¡asqueroso cobarde, pegarle a una mujer! ¡eres un cobarde, cobarde!»
—ummm, quizá no debiste pegarle —dije.
—sí, claro. el caso es que me fui de casa e inicié los trámites del divorcio. pero no me libré de ella por eso. se dedicaba a seguirme. una vez, estaba yo en la cola en un supermercado y apareció ella y se puso a gritar: «¡chupapenes asqueroso! ¡marica!» otro día, me arrinconó en una lavandería. yo estaba sacando la ropa de la lavadora y metiéndola en la secadora. y ella se plantó allí y se puso a mirarme sin decir nada. dejé la ropa, subi al coche y me largué. cuando volví, ella ya no estaba. miré en la secadora y estaba vacía. se había llevado mis camisas, mi ropa interior, pantalones, toallas, sábanas, todo. empecé a recibir debajo de mi puerta en las madrugadas, cartas escritas con tinta roja, en las que me contaba sus sueños. siempre soñaba. no paraba de soñar. y recortaba fotos de revistas y escribía en ellas. yo no lograba descifrar lo que escribía. una noche, estaba en casa sentado y apareció ella en la calle y empezó a tirar piedras a la ventana y a gritar: «¡rafa rafael es un marica!» debieron de oírla en tres cuadras a la redonda, por lo menos.
—un desmadre de situacion.
—luego, conocí a tere, y me vine a vivir aquí. me trasladé a primera hora de la mañana. ella no sabe que estoy aquí. dejé el trabajo. y aquí estoy. creo que sacaré al perro de tere a dar una vuelta. a ella le gusta que lo haga. cuando vuelve del trabajo, le digo: «oye, tere, saqué al perro a dar una vuelta.» entonces ella sonríe. le gusta.
—bien —dije,
—¡eh, boner! —gritó rafa—. ¡ven acá, boner!
aquella estúpida criatura de barriga hueca entró con la baba colgando. salieron los dos juntos.aguanté sólo otros tres meses. irene conoció a un tipo que sabía tres idiomas y era empresario. yo volví a mi piso cochambroso del sur de la ciudad.
un día, iba camino al dentista, casi un año después, y una cuadra antes, ahi estaba irene, estacione el coche. me acerqué y fuimos a un bar a la vuelta a tomar un café.
—¿qué tal la novela? —me preguntó.
—sigue atascada —dije—. creo que no conseguiré nunca acabar esa madre.
—¿estás soltero? —me preguntó.
—no.
—yo tampoco.
—mejor.
—no es ninguna maravilla, pero puedo aguantarlo.
—¿rafa sigue con tere? ella iba a correrlo —me explicó irene—. entonces él se emborrachó y se cayó por el balcón. se quedó paralítico de cintura para abajo. el seguro le pagó doscientosmil pesos. entonces mejoró. pasó de las muletas al bastón. ya puede salir a dar un paseo con boner otra vez. hace poco, hizo unas fotos maravillosas de la catedral. oye, tengo que irme. la semana que viene me voy a europa. vacaciones de trabajo. ¡todos los gastos pagados! adiós.
—adiós.
irene se levantó, sonrió, salió, giró, caminó y desapareció. levante mi taza de café, tomé un trago, la baje. sobre la mesa estaba la cuenta. treinta pesos. tenía cien, page la cuenta y un cinco de propina. cómo demonios iba a completar para pagar al dentista era ya otro asunto.
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